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No era la primera vez que ocurría, es cierto: solo en contadas ocasiones, pero llegado el momento, no hay modo alguno de evitar su pertinaz quejido, ese que sin tregua castiga mi cerebro con su exasperante letanía. Una obstinada insistencia por la que accedes a escuchar, abrumado por el continuo repiqueteo, soportando toda una suerte de lamentos y reproches lastimeros por la supuesta falta de atención y otras graves imputaciones: acusado de disipar el tiempo en tan viles fines como dejar transcurrir plácidamente la vida, contemplar el cielo o respirar; siempre en detrimento de sus demandas, sin prestar el debido celo para con ellas. Obligado, una vez más, a sobrellevar estoico tan ingrata cantinela, su intento de poner en cuestión el orden natural: devenido así de todopoderoso señor a vasallo, convertido en la marioneta que baila a su son y que necesariamente ha de  expresar, adornadas y certeras, las ideas que le son prestadas. Impías e implacables en sus acusaciones de desidia e incluso traición, retorciendo torticeras la realidad hasta denegar cualquier asomo de talento en mí, relegado a la condición de trivial escriba.

Y es que estoy hastiado de las Musas: de sus pueriles pucheros y su impostado dolor; de esa apariencia dócil con que maquillan la hidra que anida en su interior. Siempre y por completo a su merced, sujeto a sus caprichos y exigencias: eterno rehén de su pretendida superioridad; supeditada a ellas, por sistema, toda iniciativa:

……………El día que se le rompió el alma, sin saberlo y no muy lejos de allí, nacía quién habría de recomponerlo………….

……………Siempre supo que pasaría. No importaba quién lo hiciese, ni tampoco cuándo…………..

……………Habrían de pasar mil años y cien amores para que pudiese olvidar aquella caricia que lo cambió todo…….

Siempre así, solo una  frase. Su única contribución.

Un retazo de nada, la promesa de una historia que puede concluir plasmada en un pasmoso relato, en una aventura apasionada hilvanada con la fina seda de una emoción o simplemente quedar convertida en una trampa que te arroja al precipicio, al oscuro pozo que supone verbalizar el tedio, narrar lo intranscendente: atrapado en el callejón sin salida de las ideas en fuga, chocando contra su muro una y otra vez; incapaz de abrir la grieta que te permita continuar, golpeando sus paredes hasta caer rendido, exangüe.

De ahí el sopor que provoca en mí la Musa que me acompaña: hasta ayer la favorita, y hoy, insoportable. La quejosa y cruel instigadora de todos los riesgos que ella no asume, escudada bajo el amparo de su pretendida acertada intención. Puede que a veces genial, insuperable, o incluso burda y nefasta, pero siempre rehuyendo, ladina, de toda contribución al postrero esfuerzo que ha de llevar Su idea a buen puerto.

Su, Su…siempre ella y su prepotente ego: ese que te embarca en un reto con una frase para dejarte después desnudo y solo, abandonado al pairo, incapaz de hilar más allá de unas pocas palabras.