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Tenía el alma rota, hecha añicos, desperdigados sus jirones por doquier, a merced del viento; con la boca anegada del sabor amargo de saber sucumbido, una vez más, al anunciado desastre que auguraba una abyecta soledad.

Y es que el amor no fue suficiente, nunca lo es, siempre rehén de las pulsiones mundanas que enfangan de convencionalismos lo que en esencia ha de ser puro; esa pasión concebida tras una explosión de miradas encendidas, cómplices, cargadas de besos e inquebrantables promesas de futuro, que nunca lo son, apagado ahora su brillo por las pertinaces sombras de la duda.  Así pasa sus noches, buscando refugio en el amable territorio de los sueños, dormitando su pena arrullada por las sábanas, arrebujada en su dolor, mientras espera el liberador claro del día; esa luz que sana y blanquea las zonas oscuras del alma donde se herrumbran los restos de pasiones pasadas, los hirientes cúmulos de dicha insatisfecha; donde alberga las esperanzas quebradas por la inconsistencia de las fútiles palabras con las que todo lo trastoca y confunde el encantador de serpientes, único y cruel protagonista de tan trágica comedia. Él, víctima y verdugo, sentenciado a perpetuidad a soportar el peso de la culpa y  la desolación dejada tras de sí, en un indeleble reguero de traición y llanto, atrapado en su eterna maldición; condenado a caer y hacer caer, una y otra vez, en su propia trampa.

Bajo el agua purificadora, después, arrastrando entre la espuma la última brizna de su olor, del recuerdo de su rostro: desdibujados ya, diluidos con la sal de unas lágrimas que jamás han de volver, perdido todo resquicio de él por el desagüe de la absoluta indiferencia. Serena, arropada por su fuerza, lanzada al galope de un corazón que todo lo puede y muta y que, una vez inicia la marcha, resulta ya imparable; mudando la rutina en quietud deseada, el caos en ordenado desconcierto,  apurando cada instante a golpes de afecto, de entrega y abrazos; incendiando de amor la razón, domando la pasión y desbordando de dicha cada trocito de piel acariciado con sus pequeños dedos. Condenada sin remedio a ser feliz, rabiosamente, consciente de que la vida se escapa a cada instante y ha de ser capturada. Fácil tarea para quién viaja pertrechada con la más dulce sonrisa, el corazón puro y una clara mirada: la de sus ojos, el único lugar donde perderse es hallar lo que siempre has buscado.

Recompuso su alma, suturado con puntadas de besos y finos hilos de cariño. Con paso firme hacia un nuevo rumbo, sin mirar atrás; expuesta a la tormenta, pero infinitamente sabía y fuerte: convencida de que errar también es hacer camino.