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Maya nació un frio día de invierno, entre los algodones de nieve que esa noche cubrían con un manto helado la hierba. Blanca, rosada, tierna, como con olor a bollo recién hecho y a almíbar de besos; refugiada al calor de las  montañas de leche y miel que colmaban su vida, dormitando dichosa su felicidad sobre aquella tierra prometida en cuyas entrañas, hasta hacía muy poco, nadaba libre. Pronto tuvo la urgente necesidad de conocer mundo, gateando intrépida en pos de quién sabe qué recompensa. Con su sonrisa mellada, cercada de babas de galleta, y unos ávidos ojos de exploradora recorría incansable la alfombra, descubriendo en cada circunnavegación otros límites y nuevos retos; osada, lidiando terca con los dedos de unos pies que se movían traviesos llamando su atención, justo al paso de su trote aventurero, lanzada sobre aquellas pequeñas lombrices cual temible minino, atrapándolas por un instante y estallando después, excitada y triunfante, en las sonoras carcajadas que siempre provoca la primera victoria. Veloz, devorando los años como una exhalación, demandando sin tregua abrazos, papillas y besos; acurrucada al peludo calor de Tula, que aguanta estoica su exceso de amor y una constante investigación de orificios con la infinita paciencia de una esfinge; presa fácil de los maternales labios que, insaciables, ansían comer los mofletes, los blancos bracitos, su oronda tripita, a toda ella; ese pequeño manjar que corretea por cada rincón de la casa, alocado y libre, llenándola de calor y vida.

Pero Maya nunca nació: fue solo el sueño que incendió sus corazones en las gélidas horas de años sin su presencia, privados del bien más caro; pacientes, derramando el amor en una estéril espera, prisioneros del deseo constante de arrancarle al cielo un pequeño ángel; desalentados por el paso del tiempo y la esperanza menguante; resignados, consumidos por la pena, inmersos en una perenne melancolía por ese regalo que nunca tuvieron y  ya jamás llegaría.