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Él había sido siempre un gran hombre, el ejemplo a seguir. Sin duda un auténtico triunfador en todos y cada uno de los aspectos de su vida.

Nacido en el seno de una familia acomodada, cuando el acomodo consistía en escapar holgadamente del hambre, en su trayectoria vital no encontró nunca mayor complicación que la de dejarse llevar por la inercia de su cuna. Así, durante décadas, pudo disfrutar de una plácida existencia tan solo alterada por el aliño puntual de pequeñas catástrofes producto del exceso o la inmadurez, nada insalvable o irreversible.

Había decidido desde muy joven dedicar su vida y talento a ayudar a sus semejantes; una búsqueda que habría de llevarle sin remedio por el sendero de la ciencia. Años después y terminados los estudios de Medicina ya ejercía como neurocirujano en un prestigioso hospital; una labor que alternaba con la docencia, dónde con el paso del tiempo obtendría el justo reconocimiento siendo señalado por todos como un referente del mundo académico y una verdadera eminencia en su campo. 

Brillante profesional y trabajador incansable todo en él era ejemplar, sobresaliente y de primera calidad, con una pequeña excepción; una porción de arteria cerebral que, ajena a la norma y por su cuenta, decidió en mala hora abrirse al mundo.

Ahora, postrado en la cama de su lujosa residencia, el oscilante balanceo del colchón antiescaras le recordaba en cada momento la nueva lección que con tanta crueldad le ofrecía el destino: que nada es inmutable o eterno y que la gloria y el bienestar absoluto pueden desaparecer, transformados en algo fútil y efímero; incluso para él, hasta ayer el mejor de los mortales.

La que antes resultó ser una vida plena y repleta de satisfacciones había mudado en una ilusión, en un borroso recuerdo. Un espejismo que desaparecía todas las mañanas cuando la luz en su habitación le mostraba su nueva realidad: la lucha para soportar cada día, reducido éste a un simple tránsito; un periplo medido por el paso de las horas y éstas por la rutinaria sucesión de procesos meramente fisiológicos.

Tras una existencia acostumbrado a observar el mundo desde arriba, encumbrado en el éxito, desde su perspectiva actual, la de un cuerpo famélico acurrucado en posición fetal, las personas que antes solo eran útiles complementos de sus deseos adquirían ahora la entidad de imprescindibles y necesarios; amables gigantes bípedos dotados únicamente de pelvis y manos, su monótono y reducido campo visual. Un paisaje restringido a un único plano; la presencia constante de Mariela, la señora sudamericana-nunca se interesó por su origen-que atendía su casa desde hacía varios años.

Ella vino a servir en todo lo que fuese necesario, le dijo durante la entrevista de trabajo; dispuesta a realizar cualquier tarea y obviando su verdadera  profesión, enfermera diplomada en su país natal. Asombrada al principio por todo aquel lujo que debía pulir aprendió muy pronto a pasar desapercibida, a ser casi invisible; a convertirse en ese mínimo estorbo que arrastra la inmundicia tras de sí, como por arte de magia, sin molestar u ofender a la vista. Y si en algo estaba adiestrada hasta alcanzar casi la maestría era precisamente en eso: en pasar por la vida sin dejar rastro, obedeciendo sin rechistar, acatando las órdenes sin realizar preguntas molestas y sin causar problemas; tal como aprendió nada más esposarse, tras recibir los primeros golpes de su marido.

Recostado un su diminuto mundo y desde la soledad de las sábanas había logrado hacerse entender, expresándose con la mirada, combinando los movimientos de sus párpados y de la escasa parte sensible de su cara. Un precario lenguaje que solo ella se había tomado la molestia de intentar comprender, siendo la única persona capaz de interpretar sus deseos y emociones; reducida así toda capacidad de comunicación a aquel pobre recurso, casi siempre insuficiente y escaso. Una limitación que abundaba en su aislamiento y desesperación, y el principal motivo por el que odiaba la noche y el silencio en ella implícito. Un mundo repleto de angustia y dolor únicamente accesible para aquella mujer, intuitiva y atenta; su ángel guardián, pendiente a cada instante de cualquier problema que pudiera surgir y solucionándolo de inmediato.

 Ella, siempre ella, omnipresente y eficaz acabando con su agonía a golpe de aspirador cuando una espesa manta de flemas obstruía su garganta; liberando la presión de su vejiga a punto de estallar o aliviando su macerada piel torturada  por las llagas del  continuo roce de las sondas. Labores habituales de su profesión que Mariela podía anticipar solo con estar atenta a sus lágrimas: ya la única forma de expresión de quien un día fue el excelente orador que inflamaba aulas, reuniones y salas.

En realidad el mérito no era únicamente suyo: durante gran parte de su juventud, en su tierra natal, tuvo que aprender a interpretar el estado de ánimo de su hombre; un arduo ejercicio de prevención, por lo general inútil, ante sus recurrentes accesos de ira. No había reglas o código alguno, y daba igual el motivo; ya se debiese a una inmensa alegría por ser día de cobro o a la rabia contenida por la humillación de su jefe, pero, con el alcohol de por medio, el resultado era tan esperado como tristemente conocido: insultos,  palizas, violaciones y en ocasiones la pérdida de piezas dentales eran el menú habitual; el triste protocolo de su extraño amor, solo atenuado en cierta medida cuando tenía la suerte de quedar preñada.

De ahí la fortuna de poder entrar a trabajar en aquella casa, después de su huida, a miles de kilómetros del lugar que la vio nacer; en un país extraño y a veces hostil, donde encontró la oportunidad de comenzar de nuevo y dejar atrás un pasado digno de ser olvidado.

No había transcurrido mucho tiempo desde aquel día en el que, sentada en el lujoso salón, contestaba con timidez las preguntas de aquel español estirado y frío; un señor que a pesar de su lenguaje áspero, su trato distante y su aspecto serio resultaría ser, con diferencia, el mejor capataz posible: nunca- y de eso entendía mucho- le maltrató ni intentó abusar, como algunas compatriotas auguraban. Así comenzó una nueva vida en un hogar en el que fue contratada para realizar labores domesticas y donde, entre paños y estropajos, logró encontrar la paz que necesitaba.

Pero la desgracia y el azar quisieron que recuperase su antiguo oficio de enfermera; una tarea sobrevenida por las terribles circunstancias que golpearon aquella casa. Unas razones, su valía y la confianza depositada en ella, por las que ahora curaba con mimo sus heridas: tratando unas escaras que, a pesar de todos los medios, avanzaban presurosas amenazando con dejarle en los huesos; o bien masajeando, aliñada con canciones aimaras y aceite aromático, su fina piel,  aliviando sus menguantes músculos y movilizando con sumo cuidado las anquilosadas articulaciones. Horas de trabajo, esfuerzo y de pequeño suplicio que les hacían permanecer unidos por el dolor y la desgracia. Largas jornadas de silencio y ternura comunicándose entre sí  por medio de lágrimas: las que él, derrotado y roto, dejaba correr libremente; las que ella, fuerte hasta el infinito, acumulaba paciente para ser derramadas después en la inmensa soledad de sus noches.

No fue un acto malintencionado y solo ocurrió en aquella ocasión, pero fue suficiente lección para que Mariela se percatase de su error y nunca más se repitiese: tras retirar la inmundicia que recorría su entrepierna y lavar el resto de su cuerpo quiso adecentar su cara, intentando que recuperase su antiguo atractivo y que él pudiera verlo; le afeitó y perfumó con mucho cuidado, peinando su cabello y las cejas entre lisonjas y piropos. Así, cuando lo creyó conveniente y armada con una sonrisa de satisfacción puso un espejo delante de sus ojos, emocionada y expectante..…el mismo que retiró con rapidez sorprendida al contemplar su reacción, tan inmediata como inesperada: liberando un inaudible alarido cerró con fuerza los párpados, asustado y temblando de miedo, como si acabase de ver reflejado en él a un desconocido, el semblante mismo de la Muerte.

En eso se equivocaba el señor, ella sí la  había visto. Conocía su rostro y ésta tenía cara de niño: la de los tres pequeños ángeles con la piel azulada que le esperaban en su casa, muy quietos en sus camas, al volver de trabajar del hospital la mañana que se le rompió el alma; aquella noche que el borracho con quien yacía se marchó de parranda dejando una vieja estufa mal encendida; el mismo amanecer que a su regreso, y sin mediar palabra, Mariela atravesó con un cuchillo de cocina su cochina garganta para después prender fuego a la casa con los querubines y aquel demonio dentro.

Y eso el señor lo sabía. Desde aquella entrevista de trabajo en la que fue capaz de entrever la oscuridad que nublaba su mirada; desde ese día que supo arrancarle con mucha ternura una confesión sin emitir una sola opinión ni juzgarla; desde aquel momento en que utilizando su poder y posición le proporcionó una documentación y un pasado distintos, y con ellos la oportunidad de una nueva vida.

Por eso entre ellos con una mirada bastaba.

Por eso, cuando él consideró llegado el momento, Mariela pagó el secreto y su libertad con un acto de generosidad que sin duda nadie más tendría: una última noche, la más especial, dedicada a regalarle los besos y caricias que ambos añoraban; horas de luz, de miradas tiernas y silencio cogidas las manos y vertiendo las últimas lágrimas, esta vez las más puras, de amor y despedida.