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  1. Estío
    Fue el mozo de la señora Francisca quien llevó el aviso, rompiendo a golpes de aldaba la paz y el silencio reinantes con una insistencia mayor de la debida en la hora de siesta. Aturdido por el brusco despertar y apenas vestido para intentar combatir el sofocante calor de agosto, corrí hasta la puerta para atender a quien con tanta premura precisaba de un médico. Bañado en sudor por el esfuerzo tras subir corriendo, y con la respiración entrecortada, el muchacho apenas podía explicarse: —¡Don Manuel, me envía mi ama! ¡Es don Maximino, que se encuentra indispuesto! —Tan solo me tomará unos minutos, ve a dar aviso de que no tardo —dije mientras rebuscaba en el pantalón. Con la misma premura e impulsado por los dos reales que puse en su mano, el zagal bajó las escaleras, desapareciendo tan rápido como había llegado. En honor a la verdad, la prisa no era tanta. Aquel hombre estaba sentenciado: era presa de unas fiebres tropicales que, recurrentes, acompañaban sus días desde que le tuve por primera vez como paciente. Unas calenturas que, igual que remitían por completo, concediéndole alguna tregua, retornaban con implacable periodicidad para encharcar sus pulmones, ahogándole, sumiéndole en un suplicio difícilmente soportable. Sin duda, hoy podría ser la fecha propicia para abandonar este mundo, para liberarse del todo. Buscando la sombra protectora de los soportales y maletín en mano, llegué sin mucha demora a la calle Mayor. Allí, en la casa de huéspedes frente al edificio reconstruido del que fue en su día el palacete de don Máximo, residía el sujeto que precisaba de mi atención, don Maximino. La dueña, doña Francisca, una viuda de luto perenne y metida en carnes, gesticulaba al fondo del portal, animándome a seguirla: —¡Don Manuel, apúrese, por Dios, que este hombre se nos muere! «Y con él —pensé— la generosa renta percibida con rigurosa puntualidad cada semana por el uso del cuarto que tenía alquilado». En el último piso, muy soleado, con buenas vistas y las comidas aparte. El muchacho del aviso ya se había ocupado de abrir la puerta y la ventana principal en un intento de hacer entrar algo de aire. En vano: nada se movía allí aquella tarde y, menos aún, el objeto de mi visita. Según la escuela francesa de medicina, el rictus de un cadáver dejaba claros indicios de cómo fueron sus últimos instantes, el tramo final de su paso por la vida; ateniéndonos a dicha teoría, el tránsito al más allá de aquel hombre no pudo ser más penoso. El céreo rostro proyectaba sus mortecinos ojos azules hacia adelante, en fuga, en apariencia asustados por algo horrible que había en su interior y que los empujaba a intentar huir del cráneo; la piel, estirada sobre la afilada nariz y los prominentes pómulos, amenazaba con rasgarse en el punto de más tensión, las comisuras de la boca; esta, abierta al máximo, parecía haberse congelado en pleno grito, poniendo fin a los estertores emanados desde la negrura de su expuesta garganta. Sus pálidas manos se aferraban como garras a unas sábanas ceñidas al cuerpo cual perfecta mortaja, quizá en un desesperado intento de agarrarse a la vida, de asirse a algo que, por liviano que fuese, sirviese para permanecer vivo, retrasando así lo inevitable. Tan solo cabía esperar, movido por la piedad, que aquella teoría forense estuviese equivocada. Di la orden de abandonar la habitación mientras cubría mi cara con un pañuelo y cerré la puerta justo en el momento en que el coro de inquilinos y el personal de la casa, movidos por una insana curiosidad, amenazaban con ocupar toda la estancia. Sin duda, no había un modo más efectivo para garantizar la privacidad, tal era el pánico de todos los presentes frente a cualquier enfermedad que pudiese resultar contagiosa y mortal. Sentado junto a la cama, contemplé el cadáver de aquel individuo educado y correcto que conocí unos años antes, conocido por todos como don Maximino, el cubano. En torno a su persona se había creado un halo de misterio, la leyenda de una vida repleta de aventuras y oscuros secretos, alimentando así todo tipo de conjeturas sobre su verdadero origen y actividades. Se decía de él que poseía una inmensa fortuna como se le presupone a cada indiano, y que guardaba en un baúl valiosos tesoros. Precisamente en uno como ese, enorme, de cuero y metal finamente labrados, que permanecía adosado a los pies de la cama. Tentado por la curiosidad, me acerqué hasta ponerme frente a él, vigilado permanentemente por aquellos ojos que a otro no tan versado en la muerte hubieran atemorizado. Un enorme candado, tan firme como el armazón que reforzaba el mueble, impedía su apertura, despertando en mí, en contra de mi normal proceder, la inmensa necesidad de conocer su contenido. No quedaba mucho tiempo y debía actuar con rapidez, pues daba por hecho que, alertada por la patrona, la autoridad no tardaría en llegar. Retiré con cuidado la sábana y pude ver un cuerpo delgado, fácil de mover. Ya habría lugar para certificar la causa de la muerte, pero ahora el objetivo era otro. Mientras actuaba, aumentaba la presión al pensar que en el pasillo de al lado acechaban todos; la doña, impaciente por cobrar todo aquello que quisiese junto una cohorte de pobres diablos, también ansiosos por alcanzar alguna migaja de El Dorado que, era de suponer, escondía aquel hombre. «¿Dónde intentaría esconder una llave alguien postrado y tan enfermo como para no poder moverse de la cama?, ¿en qué lugar en una casa ajena y siendo totalmente dependiente? Sí —pensé—, en ese sitio, concretamente en ese». Haciendo un gran esfuerzo, coloqué su cuerpo de lado, y allí, entre los glúteos y envuelta en el más fino pañuelo, ahora inmundo, se hallaba la clave de todos los secretos. Nervioso, giré una vuelta completa hasta escuchar el pequeño chasquido que, con suma suavidad, liberó el bloqueo. Sin oírlo, podía presentir la respiración contenida y las orejas pegadas al otro lado de la puerta. Debía actuar rápido, echar un vistazo y poner otra vez todo en su sitio. El contenido era realmente decepcionante, a tenor de las expectativas: la esperada y consabida ropa, con varios juegos de camisas, mudas y pantalones; más abajo se apilaban algunos documentos, por su apariencia títulos de propiedad o de naturaleza bancaria, y un par de amarillentos pergaminos enrollados con un lazo. Ni rastro alguno del tesoro. Nada de bolsas con piedras preciosas, fajos de billetes, monedas o joyas. Ya me disponía a cerrar cuando, al fondo, llamó mi atención una vieja capa de terciopelo rojo que, al sacarla, descubrí envolvía un libro: manoseado, encuadernado en cuero repujado y atado a un grueso paquete de lo que parecían ser cartas. Los pasos y una voz elevada reclamando espacio que llegaban desde la escalera lo precipitaron todo; movido por una pulsión desconocida y sin tiempo para pensar, guardé ambos en mi maletín, cerrándolo con toda celeridad para, acto seguido, obrar de igual modo con el baúl. La puerta se abrió justo en el momento que simulaba explorar la espalda del finado, tras girar su cuerpo hacia mí desde el lado contrario y habiendo ubicado cada cosa en su sitio. Astuto ante lo evidente y fijándose en el cadáver, el policía sentenció con un grito: —¡Lo vi! ¡Tiene algo escondido ahí, entre las nalgas! —exclamó el sagaz agente, altivo y henchido de orgullo.