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Una y otra vez, la misma secuencia e idénticos resultados; atrapado en un perverso bucle que amenaza con prolongarse hasta el infinito, cada noche, en todos los sueños…el convoy  se adentra en la aldea entre una nube de polvo, lento y sin parar la marcha, según protocolo, atentos al más mínimo movimiento; los primeros rayos de sol dificultan la visión, alargando hasta deformar las siluetas de las pobres casuchas, conectadas al mundo por unos postes retorcidos de los que brotan miríadas de cables; mientras, un par de perros famélicos, curtidos e intuitivos, huyen atravesando a la carrera la calle, en apariencia en calma…nada fuera de lo normal, todo según lo habitual e igualmente sospechoso. De repente y en medio de un silencio sólo roto por el ruido del motor, una ráfaga y su lluvia de  balas impacta en el blindado, a escasos centímetros de mi cabeza, desencadenando el caos; el miedo se combate con fuego y una primera descarga vuela ya hacia el bulto negro que corre entre las sombras, portando en su mano la amenaza de un objeto alargado e intentando ocultarse escurriéndose entre las ruinas de una tapia de adobe. Mientras tanto y donde quiera que mires se multiplican los disparos, el intenso olor a pólvora y los gritos desesperados; otro ataque, uno más en este mes, de baja intensidad y seguro que organizado por un par de tipos que han elegido este día de dicha para reunirse con su dios……los comandos, aparecidos de la nada, han abatido ya a los insurgentes: poco a poco y ante las miradas asustadas de los aldeanos se restablece la calma. A unos metros algunos compañeros rodean a mi objetivo; pido permiso, me acerco para ver al cabrón que casi me mata y le observo con detenimiento: boca arriba, con un tosco fusil de madera en la mano y unos ojos verdes de niño que me miran inertes, iluminando un rostro del que ha desaparecido por completo lo que antes fue el cráneo…..intento gritar, pero nada sale de mi garganta; ni una sola sílaba aflora de mi boca pastosa, maloliente y llena de culpa….abro la mesilla de noche, quito el seguro y pongo la punta de la pistola entre mis dientes, sin poder escapar de esos ojos que de nuevo están ahí, persiguiéndome tenaces con su mirada vítrea, implacable, acusadora, cada vez más frecuente y vívida; cargada de dolor, de preguntas sin respuesta  y reproches.