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-¿Han decidido ya qué hacer?-preguntó muy serio.

Como si fuese fácil. Pronunciar una sola palabra, si o no, y tener que asumir las consecuencias. Una simple sílaba que habría de cambiarlo todo; desencadenando un arduo proceso, tan importante que daba vértigo, sin duda el de mayor transcendencia de sus vidas. Algo en apariencia sencillo e inocente que podría desbaratar años de coexistencia, de proyectos comunes, de sueños para los que el otro fue siempre imprescindible.

Nadie sabía tanto como él de la dificultad que entrañaba, del dolor que implicaba tomar dicha decisión, pero como profesional estaba obligado a asesorarles y, llegado el caso, ejecutarla. Y era evidente su indicación, quedando bien patente que aquello estaba muerto. A pesar de su juventud habían pasado por todas las fases posibles en su relación. Siempre juntos, haciéndole frente a la adversidad y disfrutando de los buenos momentos; compartiendo inquietudes y logros sin apenas roces ni malentendidos que enturbiasen tan plácida convivencia; por suerte disfrutando a rabiar de las cosas sencillas, si cabe más maravillosas por el simple hecho de hacerlas juntos; diferentes a todos en todo, felices por tener un firme apoyo a su lado. Años de miel y dicha infinitas, sorteando el tedio, lo vulgar y superfluo; confirmando cada día, con solo una sonrisa, la bendición de tenerse el uno al otro.

De ahí el cataclismo, la sombría tormenta que trajo consigo la aparición de un tercero. Inocente e inocuo al principio, pero sembrando, sibilino, el germen de la discordia; un mago capaz de deslumbrar con sus hechizos a quién creyó necesitar un cambio,  alguien a quien amar; atraído, sin remedio, por lo que prometía ser distinto. Así, lo que empezó disfrazado de un sano ejercicio de amistad, empatía y amabilidad fue tornando en algo más, cargado de oscuras intenciones; en el inicio, sin tacto y con absoluto descaro, de un grosero cortejo; persistente y soez por ingrato, indolente, poniendo en un brete las sólidas bases en que fundamentaban todo: un mínimo concepto del respeto mutuo.

De ahí a la debacle ya solo quedaba un paso, precipitando lo ya inevitable; ciegos ataques de furia, reproches injustificados y ajustes de viejas cuentas hasta ahora desconocidas o inexistentes; firmes promesas de provocar dolor y crueles invectivas que abundaban en un desprecio que, poco a poco, se antoja insoportable. Una inmensa suma de pérdidas; el despilfarro de aquello que les hizo inseparables, ahora asumido como intolerable e insufrible.  Por eso estaban allí, reclamando su ayuda para poner fin a lo irremediable antes de cometer alguna locura. Para él nada nuevo o difícil de abordar. Tan solo separar a dos siameses: uno de ellos perdidamente enamorado.