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Nadie en el aeropuerto conocía su verdadero nombre, pero a todo aquel interesado le respondía siempre del mismo modo, con una cordial sonrisa y su clásico ¡Hey hermano, soy Brown!

Bien pertrechado, con su chaleco amarillo y grandes dosis de amabilidad, recorría desde muy temprano aquel vasto territorio que conformaba su hábitat desde hacía varios años: las cuatro terminales del aeropuerto Adolfo Suarez. Un espacio que abarcaba toda su vida, su lugar de trabajo, de encuentro con amigos e incluso su hogar, un inmenso apartamento de miles de metros donde transcurrían sus días. Un mundo al que llegó de paso, como una escala más, tras dejar su Jamaica natal y recorrer medio planeta; un viajero incansable que, siendo apenas un niño, soñaba ya con volar y escapar de su isla.

Delante de la cabaña de madera y palma donde vivía con su madre, sentados frente al mar, pasaban las tardes contemplando aquellos puntos brillantes que subían y bajaban sobre sus cabezas, -aviones, así se llaman-le dijo ella. A veces trataba de dibujar en la arena la tela de araña que formaban las innumerables estelas blancas que dejaban a su paso aquellas naves, imaginando la vida de sus pasajeros y cómo serían los países de destino, soñando con lugares llenos de niños como él y cientos de juguetes.

Los había de muchos colores y tamaños, como fue descubriendo con el tiempo, pero sus favoritos eran los de la compañía del primer aparato que tuvo: uno pequeño, del color de la leche y con rayas en amarillo y rojo formando su nombre, ya casi gastado por el uso; un regalo que encontró su madre entre los cachivaches abandonados en una de las oficinas donde limpiaba: beria se llamaba, según las únicas letras legibles. Aquel juguete, el único que tuvo, recorría incansable todo el planeta guiado por su mano experta; horas interminables proyectando las rutas, aterrizajes y despegues sobre la fotocopia de un mapa terrestre que le dieron en clase de Geografía, su preferida, con la mente a bordo de cada aparato mientras coloreaba con sus lapiceros el nombre de lugares exóticos, inflamando su sed de aventuras.

Con el paso del tiempo la falta de oportunidades y la acuciante necesidad le llevaron a elevar los ojos y ver en aquellas máquinas que sobrevolaban sus atardeceres la solución a todos sus problemas, una posibilidad real de escapar de su paupérrimo paraíso. Por eso un buen día, con los ahorros de toda una vida de trabajo de su madre y su bendición, partió en uno de aquellos aparatos en busca de fortuna.

Era la primera vez que podía ver tan de cerca uno de aquellos puntitos celestes que le acompañaban desde la infancia. Una especie de enorme autobús-esos los conocía bien-en el que se acomodó para lanzarse a la aventura de su vida. Minutos después y a través de  la ventanilla podía observar toda la isla, su playa y un diminuto punto junto a la orilla que supuso sería su cabaña; así, emocionado y cogiendo altura, pudo tomar conciencia de lo insignificante de su reducido mundo.

De este modo, sin más armas que sus manos desnudas, fue conociendo continentes, países y aeropuertos, corriendo incansable detrás de cada oportunidad que se le presentaba; esas que nunca terminaba de alcanzar, como si la suerte hubiera decidido jugar con él, inaccesible y esquiva.

Llegó un uno de enero a Madrid, bajo un cielo que se deshacía en grandes copos de nieve cubriéndolo todo, atrapado en la terminal y con los bolsillos repletos de nada. Buscó un pequeño rincón donde poder tumbarse y así, viendo las blancas pistas a través del cristal, se quedó profundamente dormido. Soñó, como otras muchas noches, que aquella carta en su bolsillo anunciando la enfermedad de su madre solo fuera eso, incomprensibles desgracias que circulan libres por el territorio de los sueños que, con alivio, desaparecen al alba; palabras cargadas de negros presagios que únicamente son el reflejo del miedo. Pero la realidad era otra, terca y en extremo dura; con la llegada del nuevo  día la pesadilla y sus peores temores tomaban cuerpo en las letras indelebles de ese papel, un sobre con el remite de un hospital, el heraldo cruel de su tragedia.

Necesitaba dinero con el que poder regresar, pagar el costoso tratamiento y comer cada día; siempre el mismo problema, el origen y final de todo. Vació una vez más su pequeña mochila confiando en encontrar en algún rincón olvidado una moneda, un cigarrillo o los restos de algún bocadillo. Un esfuerzo estéril pues ya conocía de antemano el resultado; no había nada importante en aquel hatillo más allá de una vieja foto junto a su madre, su pequeño avión-del que nunca se separaba-y una enorme sensación de desesperación, su constante compañera.

Se levantó del suelo y recogiendo sus pocos enseres caminó hacia la puerta, sin saber qué hacer ni a donde ir, nadando contracorriente, perdido entre un flujo incesante de viajeros presurosos en busca de sus lugares de embarque. Justo cuando iba a salir una imagen llamó su atención: en un rincón e ignorada por todos una anciana enjuta y desesperada luchaba por transportar dos enormes maletas y una bolsa de mano, incapaz de colocar todo aquel equipaje sobre el carro de transporte, agotada tras el enésimo intento. No lo pensó y, con una sonrisa, elevó hasta las nubes el ahora liviano equipaje ante la mirada atónita y aliviada de la pobre señora. Diez minutos después y sentado en un banco sonreía atribulado por la decisión a tomar: en qué invertir los dos euros que ahora pesaban en su mano; una pequeña fortuna para quien despertó sin nada. Aquello no era novedoso ni él era el único, pero había encontrado un modo de sobrevivir sin tener que recurrir a la mendicidad u otras formulas que él repudiaba. Desde ese momento comenzó a buscar su pequeño hueco en aquel universo tejido con mil historias, entre los millones de vidas y sueños que confluyen en cada aeropuerto, aportando su granito de arena en mantener vivo ese flujo constante de almas.

Varios meses después caminaba resuelto por aquel, su nuevo mundo, saludando a discreción y ofreciendo con amabilidad sus servicios mientras entonaba con su potente voz las hermosas canciones que le enseñó su madre. Este era su reclamo y ya su seña de identidad, el anuncio inconfundible de su presencia: un canto que lograba paralizar a todos por unos instantes; una chispa de alegría entre los nerviosos pasajeros y un momentáneo bálsamo para los resignados que temen los vuelos.

Aquella terminal, otrora hostil, se había convertido en el único lugar en el que poder cobijarse; en una suerte de paraíso para la gente honrada que, como él, solo buscaba salir adelante.

Había logrado esquivar los problemas, pero el suyo, el verdadero, sufría y lloraba, perenne, a siete mil kilómetros de allí: un dolor camuflado y convenientemente atenuado en cada carta recibida; un goteo amargo de noticias piadosas que ocultaban una realidad en exceso dura.

Recibió aquel sobre la mañana en que, como siempre hacía, se acercó a saludar a la empleada de Correos; había llegado el día anterior enviado por su madre, anunciando un repunte de su enfermedad, ahora ya incurable. En ella le explicaba que se encontraba bien y que de ningún modo debía preocuparse: no estaba sola y todos sus vecinos se ocupaban de que nada le faltase; una solidaridad que surge espontánea donde reina la miseria y que aportó un poco de tranquilidad y alivio a su sufrimiento.

Por eso trabajaba sin descanso ni reparo alguno, recorriendo con una sonrisa cada rincón del aeropuerto: ahorrando hasta la última moneda y comiendo de los excedentes que le procuraba la gente de bien; durmiendo seguro y a cubierto bajo la atenta mirada de los agentes de seguridad, protegido en todo momento por su propia decencia.

Fue un miembro de una tripulación quien le dio la idea, y así se lo anunció a su madre en la siguiente carta: había conseguido un puesto de asistente de vuelo-mintió-, uno de los más importantes de la nave, pero en una compañía que volaba muy lejos del Caribe. Adjuntaba una foto con un grupo de compañeros, vestido con su flamante uniforme-prestado para la ocasión- y la firme promesa de visitarla lo antes posible. Mientras tanto continuaría enviando con regularidad todo el dinero del que pudiera disponer, que no era mucho, por lo caro que resultaba vivir en Europa. Y decir poco ya resultaba excesivo para quien nadaba en la más absoluta precariedad. Pero aún así, reacio a recibir cualquier tipo de caridad que no fuese estrictamente necesaria, lograba sobrevivir y acallar su conciencia con cada ocasión en que era capaz de hacerle llegar su pequeña aportación.

De este modo, con el paso del tiempo, un mal día llegó una carta distinta a la habitual; un modelo oficial y frío que, aun sin leerla, ya anunciaba desgracias.

La noticia, como todo lo malo, se extendió como la pólvora entre los cientos de trabajadores, sabedores de la precaria situación de Brown. Sentado en su banco favorito dejaba pasar las horas sumido en un letargo que se negaba a abandonar. Ya no trabajaba, atrincherado en su desgracia, inmóvil en su reducto del que no salía ni para buscar comida; esa que puntualmente encontraba a su lado cada amanecer, la que una mano anónima depositaba antes de que él pudiese darse cuenta.

Había decidido rendirse. Día tras día su cuerpo y su mente abundaban en dejarse ir, en encerrarse cada vez más en su dolor y su pena. Dejó de comer, de hablar y lo que es peor, de sonreír. Había perdido la cabeza. Ahora paseaba con su carro vacío y la mochila en la espalda, hablando con su madre, buscándola entre las filas de embarque y, por primera vez, incomodando a los pasajeros con la única pregunta que era capaz de articular,-¿dónde está mamá?-,desesperado por averiguar su paradero.

Poco después comenzaron los problemas.

Fue una tarde de enero, con los copos de nieve amenazando con paralizar toda actividad, cubriendo las pistas y carreteras de acceso. La terminal era un hervidero de gente, lo habitual en pleno periodo de vacaciones de Navidad. Cientos de viajeros hacían cola para atravesar los controles de seguridad o esperaban en las zonas de embarque una mejoría del tiempo que les permitiese volar. Miles de personas trabajaban para mantener operativo el aeropuerto, funcionando como uno solo, un engranaje perfecto a pesar de los inconvenientes climatológicos…pero dentro de ese orden alguien encontró un fallo de seguridad.

La alerta la dio un pasajero que, aburrido, observaba la  incesante caída de nieve. Divisó un pequeño punto negro que contrastaba poderosamente con la blanca sábana que cubría las pistas de aproximación al despegue. Una figura que, corriendo sin control, las atravesaba en dirección a un aparato que esperaba la pertinente autorización para volar. De inmediato, varios coches de las fuerzas de seguridad salieron a detenerlo, lo que lograron antes de que aquel individuo llegase a su objetivo.

Lo atendieron los servicios médicos con un principio de hipotermia y en pleno brote psicótico, aferrado a la idea de coger aquel avión, el suyo, uno idéntico al que le regaló su madre.

Había burlado los controles como solo él podía hacer, conocedor de cada recoveco del aeropuerto; en un descuido y amparado en el convencimiento de su inocencia y las simpatías que durante años se había fraguado. Nunca, a pesar de su evidente deterioro, dio ocasión a queja alguna ni  puso en aprietos a los muchos que, por cariño y costumbre, minimizaban los pocos momentos en que reclamaba en voz alta y fuera de sí la presencia de su madre.

En silencio y con muestras de una enorme preocupación un gran número de trabajadores y curiosos se amontonaban junto a la ambulancia que le trasladaba al hospital. Una despedida contaminada por el absurdo rumor que le tachaba de terrorista o de criminal, cuando solo estaba loco. Alguien había tenido a bien recoger los pocos enseres que acumulaba en su carro, el resumen sucio y destartalado de toda una vida.

En la pared de su habitación del sanatorio ya no cabía ni un solo mapa más. Había reproducido en papel la geografía de todo el planeta, identificando cada país y cada ciudad, y dentro de cada una su principal aeropuerto. Todas las mañanas, después de tomar su medicación, ponía en marcha el avión de su infancia y sobrevolaba con aquel aparato en la mano los destinos que le quedaban por visitar y aquellos otros en los que alguna vez fue feliz. En ocasiones, cuando el sentido de la realidad le abandonaba por completo, recorría con un carro los largos pasillos de aquella institución, emulando su vida anterior, cuando aún estaba cuerdo, con su flamante y ajado chaleco de maletero. Solo una vez recobró plenamente la cordura, unos meses antes de caer enfermo. Inexplicablemente serio y cabal, solicitó a la dirección del centro una última visita al lugar donde pasó una buena parte de su desdichada existencia. Totalmente inofensivo y de conducta irreprochable su petición fue escuchada y aceptada, algo excepcional, pero asumible.

La furgoneta aparcó una mañana temprano en el parking, junto a la puerta de llegadas. De algún modo se había corrido la voz de su regreso y varias docenas de trabajadores se arremolinaban allí, ansiosos por saludarle. Notablemente envejecido se adentró en la sala arrastrando los pies, presa de una emoción que apenas lograba contener. Rápidamente una serena oleada de abrazos y cariñosas palmadas en su encorvada espalda le hicieron recordar aquellos años en que era él quien se prodigaba en saludos, bromas y divertidos chascarrillos.

Lo tenían todo preparado: un reluciente carro, idéntico al que siempre usaba, dispuesto para comenzar un último recorrido por aquella, su casa. Nada había cambiado, acertó a decir, mientras con suavidad se ponía en marcha, arropado desde cierta distancia por los que fueron sus compañeros y testigos de su paso por el aquel lugar. Caminó pausado entre los sorprendidos viajeros, sonriendo y recuperando el tono de su canto; un público enternecido con aquella figura enjuta y de potente voz que ofrecía sus servicios como siempre lo hizo, a golpes de sonrisa. Tras una hora, ya agotado, se sentó junto a la estatua de bronce que representaba a un anciano que, como él, perdió una vez el vuelo que debería llevarle a casa; allí, apoyado en su hombro, por fin pudo alcanzar el ansiado y definitivo descanso.

 Ahora, muchos años después, cuando la terminal bulle de actividad y miles de personas buscan acomodo para realizar su sueño, es posible que entre los cientos de voces e idiomas de esta pequeña Babel escuches tronar poderosa una vieja canción de esclavos, una nana con sabor a caña y a sal; una oración con la que, si estás atento, podrás sentir e incluso ver cómo fluye el sosegado y dulce espíritu de su mejor carretillero.